2. PINTOR MALDITO // El pintor maldito en la era geológica del inconsciente desatado – Alfredo Aracil

“Al futuro le toca decidir si en mi teoría

hay más delirio de lo que yo querría,

o si en el delirio hay más verdad de lo

que muchos están dispuestos a creer”.

Sigmund Freud

La noche había caído. De la boca de la mina ascendía un suspiro de vapores que se posaban sobre los restos de un día de duro trabajo. Bajó la cabeza, se sentó sobre sus talones y buscó el oeste para dirigir el último saludo antes de dar por terminado el día y retirarse a la minúscula célula donde comía y dormía.

Sentía fuego en los pulmones por culpa del polvo que diariamente se traía consigo de las profundidades de la corteza terrestre. Al contacto con la mucosidad de su cuerpo, un fluido de mineral y partículas literalmente le inundaba, trazando una red de aguas impuras en forma de ríos y afluentes que circulan sin destino ni origen. La marea se movía por estratos, como se inunda el pasto cuando se rompe una tubería, de la carne más roja al rocío que impregna el aire en las mañanas de otoño. Estaba agotado pero se sentía con fuerzas, algo estaba creciendo. Desde hacía varios meses, la pintura le había devuelto la esperanza.

Las pruebas arrancaron ni bien se hicieron públicos los primeros indicios de descomposición. La realidad unívoca se estaba evaporando. Las certezas y los grandes principios morales se volvían porosos. De repente, la producción onírica general de todos los seres, tanto animados como inanimados, empezó a propagarse. Dejó sin más de subordinarse al hecho biológico de estar o no dormido. No había ningún algoritmo capaz de distinguir el delirio de la verdad. Y ante la falta de consenso sobre el origen y el alcance de los efectos de este virus epistemológico, la comunidad internacional se dejó llevar por los rumores y puso su atención en La Excavación.

Fue en la galería Nº8 del Pz1 donde por primera vez se escuchó hablar de materialización onírica, que era como provisionalmente se nombró aquel extraño fenómeno. Allí se hizo contacto por primera vez con la gelatina, la supuesta causa de la revolución inconsciente en curso. Desde el siglo XIX, al comienzo de la era industrial, se especulaba con la existencia de una película viscosa de color rosa que, supuestamente, tenía la capacidad de volver concreto lo abstracto. Marx la cita en Los Grundrisse, su libro menos analítico. La describe como una materia sintética capaz de transformar el trabajo en riqueza, “dinero que produce dinero”. En su posible domesticación sitúa las claves de las luchas futuras por el el gobierno de todas las cosas.   

Lo que realmente llamó la atención de los investigadores fue el poder de la gelatina para conseguir lo que siglos de ideología no habían conseguido: ni más ni menos que suspender el conjuro homeostático del realismo capitalista. Desnaturalizar todo lo que damos por natural y llevar a término todo lo que históricamente había sido catalogado como fantasía, como por ejemplo, en el contexto de la mina, la existencia de un mundo donde el trabajo no sea tomado por el capital, donde las personas pudiesen vivir en la abundancia, sin depender de un trabajo mal remunerado y deshumanizador.

Al parecer, bastaba con tocar la gelatina unos segundos para infectarse de su potencia alquímica. Además, era capaz de volver real aun los más excéntricos y secretos divagues de grupos enteros de sedimentos y rocas que llevaban siglos y siglos en la profundidad de la mina esperando volver a la vida. Un día, el carbón, por ejemplo, reclamó su lugar no solo en el desarrollo técnico del planeta. Igual que el aluminio reclamaba un lugar como creador de imágenes y formas de vida, en lo cultural y lo estético.

De modo que nadie quería trabajar más. Los responsables médicos de la empresa se vieron superados por el aluvión de bajas. Y como no daban con la forma de controlar la situación, se terminó por generar una delicada discusión pública sobre los límites de la salud mental y sus tratamientos. Años más tarde, se produjo la total prohibición de la psiquiatría y el psicoanálisis.

A la salida del ascensor, sintió una nueva punzada de suprarealidad. La energía creativa de la gelatina cooperaba en la labor de solidificar el contenido plástico de sus delirios. Dejó de reprimir el deseo adolescente de ser pintor maldito, que ahora se presentaba en medio de la jornada, cuando con las manos trataba mecánicamente de separar la hulla de la simple roca. Impulsadas por sus trabajados músculos, las visiones abandonaban superaban los límites del  mundo de la imagen. Brotaban de la corriente sanguínea, usando el mineral y su sistema nervioso como medios de propagación física. A veces eran figuras sueltas y a veces cuadros enteros de paisajes lo que se desprendía de lo consciente: en la oscuridad de la mina, veía alzarse un sol rojo y oblongo, una sucesión infinita de olas que erosionan la costa, bosques de coníferas coloreados por una luz entre verde y azul.

El clímax coincidía con escenas panorámicas de la cúpula celeste salpicada de estrellas y otros accidentes naturales, que se superponían sobre el mapa geológico de sus neuronas. En ocasiones, le sobrevenían representaciones de sí mismo en otras vidas. El pico y la pala se le caían de las manos, arrebatado. Fuera de sí, se elevaba y se sentía trasportado a otro punto de vista. Se veía en la cama, en pijama, con la boca abierta, la baba cayendo sobre las sábanas. Esto, sobre todo, pasaba durante el día. Pero en ocasiones, durante las noches que no podía dormir por culpa del cansancio extremo, le sobrevenía la sensación de soñar despierto. Se sumergía en viejas pesadillas y miedos atávicos impersonales. Una noche le visitó la muerte acompañada por un lagarto en camisón, en una ambientación de estilo tardomedieval que en realidad provenía de la realidad psíquica de uno de sus compañeros. Porque los sueños de las personas se mezclaban y los deseos se socializaban. Fueron precisamente esas escenas más allá de uno mismo, las más vividas y misteriosas, las que terminaron por tumbar las últimas defensas de su consciente.

Al final pasó que, tras muchas discusiones, las autoridades científicas aceptaron que no podía contener a la gelatina, que la tierra estaba entrando en una nueva era geológica de consecuencias subjetivas impredecibles. En definitiva, abandonaron La Excavación a su suerte.

Aún así, antes de decidirse a trasladar la producción, los propietarios de la mina probaron a frenar la hemorragia de absentismo laboral con más disciplina. Primero obligaron a practicar yoga y ejercicios espirituales a la mañana. Y finalmente, recetaron benzodiazepinas y anti-psicóticos. Buscaban inhibir el deseo e inducir el sueño profundo sin imágenes. Pero la medicación no tenía efecto alguno, ya que no lograba contrarrestar el curso de aquellas maquinaciones ociosas, el cuelgue generalizado de toda la plantilla que cuando no alargaba la hora de la comida de forma indefinida, directamente, suspendía la actividad y se entregaba al placer de verse arrastrados a los confines más psicodélicos de la mente. Se trataba de un impulso liberador a todas luces incompatible con la jornada de ocho horas y cinco días semanales. Era absurdo tratar de detener la fuerza hidráulica de delirios y energías mentales subterráneas muy anteriores al lenguaje y a la acumulación capitalista.

En lo personal, todo se rompió un día que amaneció con el presentimiento de que el salario era una droga usada para contrarrestar lo que su imaginación estaba llamada a hacer realidad. No le importaba más cumplir con el deber ni tampoco satisfacer obligaciones externas que antes sentía como propias. Juntó sus cuatro pertenencias y contó sus ahorros. Le daba para comprar una autocaravana. Quería levantarse tarde y pintar. Vivir una vida nómada y bohemia. Ser como Courbet, caminar descalzo por el campo y dejarse llevar por la pasión. Entregarse al lujo comunal.

Todavía bajó a la mina un par de días más. Aunque a medida que el sueño lo invadía todo, la división del tiempo en minutos y segundos se volvía más arbitraria. El agotamiento, por fin, dejó pasó a un placer sereno y flotante. Era muy parecido al que sentía de pequeño, los domingos por la mañana en la cama de sus padres, sin malestar ni resaca, las jornadas interminables del pintor de domingo.