10. APUNTES FINALES por Dani Umpi

Pasajes que se cuelan. Áreas móviles en el espacio infinito. Es poca la capacidad del reencuentro en la galaxia. Algo insiste en reaparecer y tiene más que ver con la terquedad que con la casualidad. Casi como un patrón. Un espacio viajero.

Siempre hay restos que me cruzan como meteoritos. Restos de grupos de whatssapp, plataformas digitales, magia, algoritmos que, cada tanto, reenganchan y siguen funcionando en pleno espacio exterior. No se puede flotar tranquilo en la galaxia, siempre a punto de morir, de generar una nueva vida.

De tantas formas por las que pasé, volví a ser un Golem, un muñeco de barro enorme, trabado, que nunca aprendió a hablar, sólo imitar. Imitar los planetas y átomos que se me acercan y siguen de largo. Un humano fallido sintiendo que le florecen ideas.

Leonardo da Vinci decía que el arte era una idea mental que no tenía que ver con lo manual o lo tecnológico. Parece que hay de todo en la mente pero se crean cosas muy parecidas. En el espacio, los planeta y, principalmente en la Tierra, ahora mismo. Los pendejos están muy interesados en la idea del “gel”. Los NFTs son casi todos así, de alguna manera, una gran cantidad. Esa estética de la materia fluida parece que tiene vida. Como la tapa del disko nuevo de Ca7riel.

Una vez le pregunté a un mexicano qué le parecía la comida de Uruguay y me dijo que no se acostumbraba a que fuese tan atascada, “mucha comida atascada”. Hay algo así en el ambiente estelar, como de guiso. Medio barro, medio gel. Pensé que las estrellas iban a estar más lejanas, que la distancia entre ellas era agotadora, pero aparece una tras otra y la “nada” es un concepto que no existe, una idea de gente que no está en el espacio, como yo. El espacio es muy distinto a lo que se imaginaba. Funciona mejor el concepto de “éter” que el de “nada”. Se ve que algo intuyen las nuevas generaciones artísticas terrestres porque todo eso del “gel” puede unirse con lo del “éter” en varios puntos.

El “gel” también tiene algo del “velo”, algo por atravesar. En esta época, en la Tierra, hay muchos problemas pero también hay mucha gente sin velo social circulando tranquila, que ahora puede interactuar en su mundo real. Antes era imposible. Estaban totalmente marginados, incluso en la comunidad artística. Ahora son funcionales. No más muñequitos golems. Loquitos sueltos. Todos loquitos sueltos. Ayudó la virtualidad, les dio coraje, fortaleció sus lógicas, sus lazos.

El gel sugiere algo bárbaro que es un nuevo estado, además del líquido, sólido y gaseoso del agua. O es un mineral volviéndose agua, depende. No es que antes no existiera el gel, sólo que se focaliza más ahí. Es una onda, en alguna gente. Gente específica. Un estado intermedio que despertó interés estético y, ojalá, conceptual. Hay una movida con eso y, lo mejor de todo, es que las herramientas que ciertos humanos usan para teorizarlo son saberes del tipo horóscopo. Hay un montón de gente interesada en el horóscopo. Yo pensaba que era algo de los porteños, que siempre me parecieron muy en el tema pero no,

es algo más que regional o de tendencia, algo que enoja mucho, algo espacial, que también podría ayudarlos a estar como yo, en el espacio. Todo gel. Un negocio.

Yo tenía una visión del futuro demasiado ciencia ficción. Es loco eso y, a la vez, es lo que ocurre siempre. El futuro-pasado. Estoy flotando en el espacio y puedo verificarlo. Tiene un componente nostálgico, algo “Antikuo”. Como cuando Dua Lipa samplea una canción de los noventa. Me la baja. Entiendo pero me la baja. En un momento disfruté más la nostalgia. Ahora es un arma que ya no sirve porque ni siquiera veo contrincantes. Da pena porque no se necesita estar en el espacio para descubrirlo.

Lo de “la velocidad” era algo que se recontra estudiaba antes, en los noventas. Estaban muy pesados con ese tema los profesores y las marisabidillas. La estética del cambio. Lo liquido. Lo del simulacro. Lo ficticio. Lo fingido. Bueno, lo que estudiaba en fotocopias. Se estudiaba la rapidez y demoraba un montón en llegar las cosas, más aún, las novedades. Se estudiaba muchísimo lo del cyborg, también, y eso también les interesa a los que piensan en el gel pero en el nuevo imaginario no hay tanto herrumbre, es más lubricado. Y todo eso es el Golem. El hibridismo, el eclecticismo, en un momento donde las fronteras se sostienen más que nunca. El espacio está lleno de fronteras. Me sorprende. Pensaba que no, que iba a flotar tranquilo después de lo vivido, pero no. Una decepción más. Estuve preparado para esto.

¿Cuándo empezó a hablarse de “lo virtual”? ¡Unas ganas de que llegara eso! ¡Por favor! ¡Virtualidad ya! Second Life. ¿Recuerdas? Una idea seductora al principio, después, un problema. Cuando se entró en esa, olvidate, era lo mejor que te podía pasar. Cambiar el orden de las cosas. Crear con la casualidad imaginaria, que es otra cosa, otro mecanismo, otra estrategia. Tiene algo del error y de la decisión. Algo llega no se sabe de dónde y decidís “es esto, me quedo acá”. Lo decís. Esa es la gracia, decirlo. Lo que te decía de Leonardo da Vinci, ¿sacás? De la nada, chan, creás. Listo. El lenguaje. El Golem es creado con la palabra. Como no puedo hablar bien, no puedo crear bien. Es como si viviera en la Tierra, como los artistas terrestres interesados en el gel. Se puede hacer de todo y lo gracioso es que terminan haciendo cosas muy parecidas. Todo medio parecido. ¿No? Y no es que no les interese la originalidad. Todas quieren ser distintas. ¿Será una limitación tecnológica? Algo parecido a eso de que siguen estudiando en fotocopias.

En este estado golem de ser casi viviente, pero no tan centrado en mi decadencia, me siento como brote. Por eso lo del gel. Tengo algo fértil. Se despierta esa idea de que puede hacer germinar un organismo en algo aparentemente aséptico como el espacio, como el gel. La historia del Gólem termina mal. Un ser incontrolable, violento. Veremos.

Cuando estudiaba en fotocopias se pusieron de moda los sillones inflables, ¡qué risa! Lo asocio mucho con Barcelona porque era un destino frecuente en mis allegados. Y allá las fotocopias eran más caras. Esa visión de Barcelona desde un pueblo en Latinoamérica es fascinante porque sigue ocurriendo, es muy específica y muy parecida al espacio donde floto. Barcelona. No es Madrid. Porque a Madrid a todo el mundo le recuerda algo de su historia, un barrio, una ciudad. Barcelona era otra cosa. Daniela Cardone. Otro imaginario, mucho más gel. Le ponen tomate y aceite al pan. Lo frotan.

En mi mente hay algo que tiene que ver con Barcelona, con los relatos que llegaban hace tiempo de gente libre y feliz, que había emigrado a cumplir sus sueños trabajando en bares, prostituyéndose y vendiendo artesanías. Algo que existía y se daba. Algo concreto, que se podía ver en fotos novedosamente digitales. No eran inventos. Volvían con flyers de discotecas, discos, revistas y relatos de gays gozando mientras se orinaban entre ellos. Es un momento. Es una edad. Lo cuento en pasado pero ahora, apuesto, alguien lo está pensando en la Fagot. Alguien se quiere ir.

Para unos no es Barcelona, sino Berlín. Para otros es Buenos Aires. Para otros es la Vicio o La Plata. Es un momento que escapa del tiempo y se mete en lugares lejanos. Una cosa parecida a una sensación. Para los que estamos siempre fugando y no nos sale tan fácil hablar en inclusivo, es un final del arco iris que queda siempre lejos… un taxi como mínimo. Barcelona era real. Hacían juegos olímpicos. Vendían packs de postrecitos muy baratos. Generaba esperanza. Es algo que también existe en el espacio. Porque floto con mi cuerpo de barro sin que esa esperanza desaparezca. Y cada tanto se me cruza Barcelona, incluso acá y más allá, en otra galaxia, siempre lejos.

Lo mejor que te puede pasar es salir a bailar solo en una ciudad desconocida donde hablan tu mismo idioma. Medio como lo que le decía La China Suárez a Icardi, lo de encontrarse en un lugar donde no lo conocieran. Alta fantasy. Turistas mandándose cualquiera. Puede ser en cualquier ciudad pero Barcelona tiene un diseño especial para eso. Canales por donde las ratas nos manejamos mejor. Agujeros negros.

Esa Barcelona imaginaria y turística no tenía nada que ver con la Barcelona de Gustavo Marrone. Gustavo es de los que habla muy bien y entiende mejor Barcelona. La Barcelona de los noventas que, por si no se entendió, es un espacio que anda circulando, que puede estar en cualquier parte.

Gustavo dice que en los noventas, en el arte, el cuerpo y el deseo fueron por primera vez expuestos en su vulnerabilidad social, sin expectativas de ser reconocidos. “Buscaban un lugar pero no tanto su igualdad o legitimación sino peleando consigo mismo su aceptación”. Eso que siempre se está moviendo gracias a su contradicción. Su motor. Su Barcelona es la de las pre olimpiadas. Ese video de las casas destruidas. Se derrumbaban lo edificios para el evento mundial y, de paso, limpiar las zonas marginales. Barcitos. Putas. dealers. Zona portuaria. Sida. Muy pocos relatos de la época pueden esquivar esos puntos. Y en medio de esa nube también salían los comics y las bandas españolas que nos hacían soñar que eran famosísimas, los escritores tipo gangsters, tan sexys con sus Ray Bans negros, ensimismados en sus conflictos autodestructivos.

Y cuando vas a Barcelona te sentís de lodo, en el espacio, flotando, como esa canción de Fangoria. Se demora un montón en dejar de ser turista y pasar a tripulante. Quedás en mood Golem. Y la mente se te explota cuando pensás que podés vivir así para siempre. Porque hay gente que vive así, en una nube de pedos. ¿Cómo hace? Hay una inteligencia subyacente. Algo asociado a lo instintivo que no lo deja morir, al barro terrestre. Es gente que, si quiere, puede un día mandar todo a la mierda e irse a Barcelona. ¿Y eso qué es ?

Un privilegio. Porque nadie puede marcharse así como así de dónde está, a dónde sea. ¿Y eso qué es? Un legado, porque conozco un montón de mostras, putos y golems que lo hicieron, que aprendimos desde chicos a irnos de cualquier lado. Chau. Flotemos.

Hubo un tiempo en el que no había empatía entre los golems. Era una cosa de caudillismo y soledad. Un juego de espejos. Algo que hace que toda ciudad sea un pueblo, toda galaxia sea un dormitorio. Eso no es mood Barcelona. Hay gente que llega a una ciudad nueva y no sabe qué hacer. No se da cuenta que hay que empezar por varios lugares a la vez. Antes uno encontraba otro Golem y era un contrincante, ahora puede darte un abrazo. El mundo ha cambiado pero no tanto, hay cosas que siguen, en las universidades siguen estudiando con fotocopias. No es algo de la tecnología. Es el desencanto. Es feo admitirlo porque uno lucha para que no sea así, para que haya esperanza. La gente desencantada es la que mejor puede encantar. Eso de los payasos tristes, de los circos que van de una ciudad a otra. Es gente que no afloja. Gente loca que se larga y anda así no más.

Es la única manera de flotar en el espacio. En la Tierra uno piensa si hay vida después d ela muerte. Cada vez son más los que prefieren dedicar ese tiempo a pensar si hay vida más allá. más acá. No hay mucha, la verdad. No quiere decir que no haya. Es como siempre y como todo. A veces se prefiere el sol, otras, la sombra. No se sabe para dónde rumbear. No se sabé por dónde estará Barcelona, pero cuando la ves venir, a lo lejos, es algo tan familiar, tan terrícola, tan vital, que te hace dar cuenta que continuás en fuga, que nace un brote, un gajo, una planta. Comienza la vida en el espacio. Comienza todo de nuevo. Comienza la velocidad. Un nuevo Golem que vamos creando aunque no sepamos hablar. Algo que, en algún momento, alguien estudiará en fotocopias. Una discoteca desconocida, en el espacio, para bailar torpemente sin que nadie te conozca.